EL  RETORNO  DE  LA  PAZ

Inicio                                                                        Una novela del escritor costarricense José Neri Murillo Porras (1908-1966)                                                   

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Transcurrieron varios años.

El 15 de agosto de 1945 reinó gran expectación en todo el mundo; se esperaba que antes del anochecer terminaría oficialmente la segunda Guerra Mundial que duraba seis años. Ese día, en un pueblecito cercano a la ciudad de Alajuela, la feligresía católica esperaba a su nuevo pastor. Le tenían arreglada su casa cural, en la cual, con anterioridad a su llegada habían recibido la bella escultura la <<Virgen de las Orquídeas>> que él había enviado desde Argentina, lugar de su ordenación. Se sabía que ese sacerdote era un ejemplo de humanidad, rectitud y bondad. Su nombre: Reverendo Padre Carlos del Río. No sabían que un gran amor aromaba su misticismo, ni que su vida poetizaba el recuerdo de la mujer que había servido de modelo a aquella escultura. El doctor del Río se alejó a las arenas místicas presintiendo que eran uno de los mejores terrenos para sembrar semillas de fraternidad. A medio día, el Padre Carlos del Río, después de descender del avión que lo traía de la Argentina, cuando se dirigía a hacerse cargo de su parroquia, pasó por la ciudad de Alajuela y se detuvo frente al cementerio. Descendió del carro; avanzó entre tumbas y cruces  buscando un mausoleo que en su lápida tenía escrito <<Yolanda>>, en donde estaban los restos mortales de la mujer ideal que desempeñó un memorable papel en su vida. Con los ojos puestos en el mármol muy quedamente comenzó a hablarle como si ella lo oyera:

―Yolanda: llevo sobre mis ideales espirituales este traje monjil. Prometí que así lo haría si te ibas de mi lado; está cumplido el compromiso. Nuestro hijo Carlitos Guillermo, el compañerito que me diste para que anduviera conmigo por las avenidas de la vida, cuando estudiaba en un colegio en Alemania, me lo mató la Segunda Guerra Mundial. ¡Qué triste experiencia la mía y la de la humanidad!

Los cipreses y las cruces lo escuchaban en silencio, mientras su voz se unía al eco de los marchitos sollozos de otros que también habían llorado allí a sus muertos. La tarde flotaba sobre el monólogo envuelto en tristeza y nostalgia por la dulce musa que se fue y se disolvió en recuerdos. ¡Oh! Los mensajes del ayer que señalaban los amores sobre los sepulcros que languidecían abrazados a las brisas, a las sombras y a las ansias.

Los espíritus elementales, escondidos, le enviaban muy quedo sus preguntas:

―Reverendo Padre Carlos: ¿por qué le hablas a una tumba? ¿Se te olvida que la muerte es una estratagema para tener una vida espiritual y que allí sólo encontrarás restos de su cuerpo?

―Monje bueno: ¿No crees que bajo la bienaventuranza de tus palabras de paz furtivamente se entrenarán soldados para otra guerra?

―Quizás tus frases sean sedantes para adormecer a las naciones con el fin de que descuiden sus defensas y puedan ser invadidas por los extremistas apóstoles del odio y del ateísmo. ¿No te das cuenta que hay dañinas corrientes ideológicas delineadas por hombres llenos de complejos que se autodenominan <<salvadores de la humanidad>>, que muy pronto pondrán armas en manos de los ingenuos?

―Con dolor sabrás que hoy mismo comienza a prepararse la Tercera Guerra Mundial, porque el espíritu del mundo es guerra, vicios, pasiones, egoísmos. Mientras cada uno quiera cambiar a los demás, y él no cambie, no encontrará su paraíso en él mismo, e irán a la destrucción de la estirpe humana.

El Padre Carlos no oía más que el susurro del viento. El pedazo de luna que tomó como testigo de un juramento que hizo a la <<novia de su vida>>, lo esperaba allí también, sobre el paisaje triste.

Cuando más ensimismado estaba en sus meditaciones, en la ciudad se oyeron campanas, sirenas, pólvora y las marchas alegres de la banda militar. Fue a investigar el motivo de aquel júbilo con un hombre que arreglaba una tumba.

―Anuncian que ha concluido la guerra explicó el interrogado.

¡Gracias a Dios! alabó el sacerdote, y luego preguntó―: ¿Es usted el panteonero, señor?

―Sí, señor cura.

―Yo debo venir más tarde aquí. ¿Podría decirme si hay inconveniente en que llegue a este cementerio esta noche?

¿Esta noche?

―Sí, señor.

―No hay inconveniente. Le dejaré el portón sin candado.

―Es muy bondadoso agradeció el cura y se despidió.

Fue a tomar de nuevo el carro. Poco después llegó al pueblecito, a su casa cural. Saludó atentamente a los que llegaron a darle la bienvenida y anunció que había rosario.

A las siete y media de la noche decía la última parte de su sermón:

<<Hermanos: Hoy retorna la paz después de seis años de estériles luchas fratricidas de la Segunda Guerra Mundial. La familia humana empieza hoy a vivir en paz. Las balas han cesado de cruzar los campos. Los cañones y los rifles se han silenciado. Los tanques no rodarán sobre cadáveres. Los aeroplanos no dejarán caer sus cargas mortíferas. Los niños tendrán hogar seguro; no andarán errantes y escondidos en sótanos y en los refugios antiaéreos para proteger sus tiernas existencias. Los generales no mandarán más a sus soldados a la carnicería del  combate.

El cuadro de desolación que ha dejado esta conflagración es espantoso; grandes ejércitos de hombres inocentes destruyeron a grandes ejércitos de hombres inocentes. El mundo nunca ha tenido tanto dolor en tan corto tiempo, en toda su marcha a través de los siglos. Aproximadamente veintiocho millones de seres humanos desaparecieron en esta hecatombe que hoy pone fin a su dolor con la explosión de una bomba,  millones de veces más destructora que cualquiera de las lanzadas en estos seis años de odio.

Los llantos de los niños han formado salmos de penas. Los ruegos de las madres han erigido las oraciones más vehementes. Los lamentos de los soldados heridos han hecho el más triste himno de dolor.

Si las fuerzas que las naciones dispusieron para hacerse el mal mutuamente, se hubieran empleado para el bien; ¡Cuánto se habría hecho de hermoso y de grande!

La guerra no hubiera estallado, si se hubiera extinguido en nosotros. Llenemos de bellos ideales nuestras vidas; hagamos de nuestra casa un lugar de paz, así como de nuestro barrio, de nuestro pueblo, de nuestro cantón, de nuestra nación, de nuestro mundo. Esa es la fórmula mágica para conjurar la guerra. No hay ninguna ofensa suficientemente grave para que autorice a violar el precepto del divino Jesús de "no matarás". Ahora surgirán teorías que equivocadamente pretenden tener la solución para abolir los problemas de la humanidad; pero no lo podrán hacer hasta que no crean el nuevo tipo de hombre ideal, sincero, honesto, fraternal que se necesita urgentemente. Si con vehemencia deseamos una bella construcción mundial, primero mejoraremos nosotros en nuestro carácter, en un modo de actuar, en nuestra moral. Entonces de nuestro ser se generará bondad y paz, y serán buenas y pacíficas las familias, los pueblos, las ciudades, los países y la humanidad. Nos debe guiar la convincente luz de la razón que nos enseña que la guerra está en nuestra mente, y que es allí y en el corazón en donde debemos erigir la paz. Como los combates no son inherentes a la estirpe humana, propongamos a que no haya más pugnas que puedan destruir la cosecha de espiritualidad que fructificará exuberante. Eso es muy bello, y lo bello siempre es posible. Tengamos la esperanza de un mundo nuevo. Superémonos para que reine la paz y la fraternidad entre todos los hombres de todas las razas y religiones. ¡Qué seamos los primeros en vivir esa ideología superior que hace cambiar los rifles por arados y nos aleja de la corrupción, del egoísmo, de la envidia, del odio y de la guerra!

Cada madre debe cultivar el jardín del universo, sembrando esa ideología y debe enseñar a orar a sus hijos implorando a Dios que les ayude a que en el planeta florezca una gran fraternidad. Cada uno, para evitar más dolores al mundo que ha sufrido tanto, debe avanzar hoy mismo su pacífico vivac hasta las estepas frías de los pocos que no saben que la humanidad ya se hizo sensible al dolor de los demás y debe preguntarse: ¿qué he aportado hoy a la fraternidad entre mis hermanos del mundo?

Cada apóstol de la paz que aparezca es un combate menos que no se llevará a cabo…>>

El buen predicador que sentía en sus jardines espirituales florecer la elevación y la santidad, cerró los ojos, bajó la cabeza y comenzó a orar:

¡Maestro de la humanidad cristiana! Yo sé que de todos los rumbos del planeta se levantan voces para darte las gracias por la paz que hoy retorna, y a ellas se une la de este humilde sacerdote que ha vivido el dolor terrible, inmenso, de sentir la destrucción imperando a una pugna fratricida. Pero, si muchos de nuestros hermanos han quedado sin vida en las líneas de fuego, el sacrificio de ellos servirá para estructurar sólidamente la paz que hoy retorna victoriosamente.

¡Señor! Después de haber experimentado trágicamente en nuestros corazones los frutos de los egoísmos amargos, en holocausto a la fraternidad brotarán sinceros propósitos de perdón, de hermandad, de unión y de paz. En un clamor universal, vehementemente abogaremos por la verdadera, fraterna y fecunda unidad de los hombres que tanto recomendaron tus labios floridos de parábolas, y que tus apóstoles y las brisas del Tiberíades esparcieron, invitando a abominar el odio, el rencor, la injusticia y la destrucción.

¡Maestro sublime! Ilumina a mis buenos hermanos de todas las religiones para que nos unamos en una cruzada en pro de la fraternidad.

―Ilumina a nuestras hermanas mujeres para que ellas sean mejores jardineras para el huerto del alma de la niñez. ¡Ilumínalas: para que se inspiren en el bien a la humanidad! Recuérdales que ellas pueden detener las agresiones, suavizar las violencias y que desde la cuna deben modelar el alma de sus hijos para el amor y el perdón.

¡Señor! Qué cada padre diga al testar a sus herederos: hijos: dejo como herencia un mundo sin guerras, porque yo he ayudado a erigirlo.

―Señor; sueño que tu ideal de amor se realizará. Al influjo de la vibración divina de tus palabras morirán los odios y las desuniones para que no vuelva a repetirse la dolorosa experiencia de los millones de hombres inocentes que sintieron las heridas, la violencia, el dolor y la tristeza que reinaron por seis años en los campos de Europa. Ahora, afortunadamente se cambia la página en la que aparece algo sublime que ayudará a los sentimientos fraternos que alfombrarán los senderos por los cuales regresan los soldados a sus hogares. Yo sé que ya es imperativo el deseo de vivir tal como Tú predicaste: <<Amándonos y perdonándonos como hermanos que somos>> sin desear edificar la felicidad sobre el dolor de los demás.

―Señor, grande en la piedad con los hombres, maestro de los que desean la perfección, tú que sabes lo que es llevar una cruz, ayúdame a llevar ésta que me he impuesto de hermanar a los hombres de todas las razas y religiones, para que nunca vuelva a oírse la rapsodia siniestra de otra guerra mundial.

―Hermanos: La paz debe ser el objetivo supremo de todos los hombres, y hoy felizmente, es El Retorno de la Paz.

Así terminó el sermón. Se notaba el efecto palpitante que había dejado en la feligresía. Al concluir el rosario, el sacerdote se fue a su casa cural. A las once y media, en la noche había calma, y él estaba lleno de insomnio. El pueblecito dormía arrullado por las brisas del Volcán Poás.

Se acercó a la Virgen de las Orquídeas, Se quedó viendo aquella querida escultura y recordó que tenía una deuda con la linda modelo, cuando, siendo su compañera, le dijo en Buenos Aires:

<<¿Verdad que cuando seás un apóstol de la paz me lo vas a contar a mi tumba?>>

Después, otra frase de su dulce romance a su soledad:

  <<Quisiera oír de nuevo tu serenata para soñar cosas bellas>>.

Por eso tomó su violín que tocaba tan exquisitamente como antes, y, en un carro que uno de los vecinos puso a su disposición, salió rumbo a Alajuela.

A las doce de la noche llegó al cementerio. Tranquila y dolorosamente fluyendo la soledad lo dejó entrar en su seno. Avanzó entre las cruces buscando la tumba de la que había sido su amor y su inspiración. Se arrodilló cerca de la lápida de mármol que tenía escrito… <<Yolanda>>. Como si fuera un mensajero que traía un importante mensaje, se dirigió muy quedamente a la tumba:

―Yolanda: regreso para traerte la buena nueva: ¡Ha terminado la guerra! Recuerdo que deseabas que florecieran orquídeas de paz en mi convento. ¡Ya florecieron! Hoy es el primer día de esa primavera. En adelante seré un apóstol de la paz. Esta noche prediqué mi primer sermón. Se ha firmado un armisticio. Hoy es El Retorno de la Paz.

Se acercó a palpar con cariño la lápida que tenía el nombre de la mujer que lo había amado tanto y que lo esperaba más allá de la tumba, más allá del olvido, en el mismo camino donde no hay despedida. En ese momento se encontró con los recuerdos: en el Colegio N. D. de San Francisco de California apareció la encantadora colegiala, la linda novia que tocaba exquisitamente el piano hablando con él, uno de aquellos domingos cuando era estudiante de medicina. Una voz mental revivió las notas y las voces que se habían ido; después en el jardín de la casa de don Guillermo, la luz de la luna unía a dos sombras. Y siguió rodando el pensamiento y apareció la escena de Buenos Aires, y se la imaginaba a ella diciéndole:

<< ¡Adiós! ¡Yo  soy el obstáculo para tu misión! ¡El mundo te necesita para que regales flores de paz!>>

Allí terminó la fantasía de su mente y se encontró con los ojos llenos de lágrimas. Al revivir aquella ilusión le agitó gigantescamente el oleaje de la melancolía, y le despertó ansias infinitas en el alma. Sacó del estuche su violín y huyó al silencio cuando comenzó a deslizar el arco para tocar su Serenata <<Retorno>>. Y mientras desentrañaba su bella melodía, la luz de las estrellas se deslizaban sobre su instrumento y matizaba la primera noche de paz. Parecía que entre las cruces se materializaba la sombra vaporosa de la novia muerta que deseaba oír la pieza que ella había inspirado. Pero, aquella visión se desvaneció como se desvanecen las ilusiones y las alegrías.

Al deshojar sus angustias, la música se tornó más triste en aquella noche de agosto en que las almas parecen conversar con los mausoleos en los altares de las penumbras. El artista místico continuaba brindando su serenata a la luna, a la soledad, a las cruces, y sobre todo, al recuerdo de la novia de su vida, y se llenaban los mausoleos de notas. El viento, que se había quedado escondido entre las cruces las esparcía por el lúgubre paraje.

Cuando con suavidad hizo la última nota y desvaneció el arrullo de su vieja melodía, la dulce vibración huyó cabalgando en los rubíes encendidos de las luciérnagas que llenaban de farolitos las distancias, dejando el recinto como antes: apacible y sombrío. Luego guardó su violín y regresó entre las tumbas diciendo muy quedamente:

¡Maestro de la humanidad cristiana! ¡No permitas que haya más guerra! Ayúdame a enseñarle a mis hermanos que no deben odiarse. Bríndale oportunidad a mis palabras para que se vuelen a buscar a los hombres buenos para que ellos colaboren con el corazón en esta misión sublime, que encontrará un santuario en todos los templos del Orbe.

¡Señor! ¡Que no haya más guerras! ¡Que no haya más guerras, Señor!

Repitiendo esa oración que llevaría por toda la tierra, salió del cementerio.

Era de madrugada. Un aire frío comenzó a aletear. La tierra, en la aterradora soledad de su avenida sideral, con toda su lejana familia planetaria seguía volando, huyendo hacia la estrella Vega de la constelación Hércules.

Y aquel idealista que sabía que no pertenecemos a la hermandad de Caín, regresó a su casa cural, creyendo que las naciones harían esfuerzos sinceros para arreglar sus disputas; que colaborarían en la estructura de un mundo basado en Justicia, y que no habría competencias de armamentos y tratarían de vivir sin discordias ni odios. Tenía la gran esperanza que todas cultivarían las simientes de las enseñanzas divinas, sin desear levantar el telón para que nunca se desarrollara El Tercer Acto de la Guerra Mundial. Por eso, como un Santo sublime que tenía un altar de fraternidad en su vida, por su camino así imploró:

―Dios del Universo: ¡Que esta terrible arma nuclear que hizo su aparición, nunca sirva para que los apóstoles del odio destruyan a la humanidad! ¡Que cada hombre sea bueno y pacífico, para que el mundo sea bueno y haya paz!

Nadie lo oyó. Los pueblos del orbe, cansados, dormían su primera noche de paz. Con la esperanza que había amanecido una nueva era, él seguía orando para que definitivamente fuera:  EL RETORNO DE LA PAZ.

 

===================== FIN=========================

 


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