EL RETORNO DE
LA PAZ
Inicio Una novela del escritor costarricense José Neri Murillo Porras (1908-1966)
025 Don
Guillermo pasaba la mayor parte del tiempo en sus fincas.
Desafortunadamente con relativa frecuencia ingería licor, actitud que
entristecía a su hija, pero no a doña Berta. Un
martes por la noche Carlos fue a visitar a Yolanda; estaba como de
costumbre, solamente acompañada de una sirvienta. Ese día había
obtenido la ampliación de un retrato de su madre y eso la hizo sentirse
melancólica. Carlos conoció en su semblante la pena que la afligía y
para hacerla pensar en otra cosa, le dijo: ―
¡Con esos ojos tan
lindos, debe verse muy bella la vida! Esta
frase la hizo volver del éxodo involuntario en que los recuerdos la habían
mantenido. ―
¡Algunas veces se
siente una tan triste! ―musitó
ella. Después de
secarse una lágrima, continuó―:
A tu lado miraré
siempre hermosa la vida. ¡Pero, hay veces que siento tanto la falta de
mi madre! ―
<<La muerte es
una estratagema para tener más vida>> ―filosofó
el universitario. ―Sí.
Pero la muerte no debiera llevarse a las madres jóvenes. El cariño,
las caricias y las palabras de las madres, ¡enjugan tantas lágrimas! ―
¡Yolanda! La muerte no
es más que una separación temporal. Los que murieron, se fueron antes,
y siempre viven. ¿No dijiste en días pasados que todo debía ser
perdonado? ―Sí,
eso te dije. ―Entonces,
perdoná al destino que te quitó a tu buena madre.
¡No estés triste! Yo
seré siempre bueno. ¿Por qué creés que estás desamparada cuando mi
vida te pertenece? ¿Has olvidado lo que te he repetido tantas veces:
que te querré siempre? ―y
diciendo esto, puso una mano sobre las de ella. ―Carlos.
¡Nunca se me olvidarán tus palabras! ―Yolanda.
¡Te quiero tanto, tanto! ¡No me va a alcanzar la vida para adorarte! ―Con
tus palabras me siento amparada ―y
ella realmente sintió que aquella idea de soledad, de orfandad, se iba
marchitando a medida que las frases cariñosas inundaban su alma de
resignación. Tornó
a ser la novia que olvida la tristeza por el amor de un hombre. No lloró
más cuando sintió como una caricia tersa y cálida la respiración de
Carlos cerca de sus mejillas. Y sus labios, como dos flores, se unieron
por primera vez en su primavera de juventud. Estaban
completamente solos. Nadie más que ellos oían los suspiros que florecían
en forma de un beso; su primer beso, con el que sellaban la confesión
de su amor, mientras sus dos almas gemelas, sus destinos hermanos, se unían
más. ―
¡Así
como me inspiraste este amor que nació hace tanto tiempo, ahora siento
que te quiero más! ¡Te quiero tanto, que no ha quedado amor para nadie
más! ―y
Carlos la volvió a besar intensamente, oprimiéndola de nuevo entre sus
brazos con ternura, mientras sentía bullir, trémulos y murmurantes los
ensueños. El ambiente se llenó de poesía. Una brisa delicada trajo
desde el jardín el perfume que las flores enviaban como regalo para
aquella mujer encantadora y para aquel estudiante que tejían anhelos y
soñaban los rosados sueños del amor primero. Llenos de ilusiones sentían murmullos de rimas que se escapaban de ilusiones y románticos parnasos. Oían mágicos y dulces violines modulando un nocturno que llenaba su santuario de quietud.
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