EL  RETORNO  DE  LA  PAZ

Inicio                                                                        Una novela del escritor costarricense José Neri Murillo Porras (1908-1966)                                                   

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Otro domingo Carlos fue al colegio a visitar a su novia. No pudieron ocultar la emoción que sintieron al encontrarse. Después hablaron de sus ensueños ideales.

―Cuando usted obtenga su título de bachiller, ¿se irá para Costa Rica? preguntó él.

―Sí, probablemente mi papá venga por mí.

―Y, ¿vendrá también su madre?

―Yo no tengo. Murió hace seis años. Papá viene acompañado de mi madrastra.

―Los dos estamos casi sin familia en el mundo.

―Sí. Los dos estamos casi sin familia ―repitió Yolanda.

Cuando llegue a Costa Rica, ¿seguirá estudiando?

Sí, probablemente una carrera corta.

¿Y la Música?

―Continuaré estudiando piano.

¡Ojalá algún día pueda tocar mi violín cerca de su piano!

¡Ojalá!

¡Viera usted cuantas melodías tiene escondidas mi violín para usted!

¿Para mí?

―Sí. Desde antes de conocerla, en su cajita mágica guardo muchas frases musicales que están inconclusas esperando que apareciera la musa que ellas y yo soñábamos. ¡Ya apareció la musa soñada! Ya ellas saben que se llama Yolanda.

¿Ya lo saben? preguntó Yolanda satisfecha y sonriente.

―Sí. Yo se los dije. En mi violín estaba escondido el vals, y cuando salió a posarse a la partitura lo titulé <<Yolanda>>. Las frases musicales me sugirieron que así debería bautizarlo.

¡Oh! ¡Qué vals tan bello! ¡Es encantador! ¡Qué bien guardadas deben haber estado sus notas dentro de su violín! Desde el mismo día que usted me lo entregó, lo toqué varias veces. ¡Es tan bello!

―Cuando lo toque de nuevo él le dirá que usted es mi vida y que no podré olvidarla nunca.

Continuaron hablando. Más tarde, después de que él se despidió, Yolanda se fue a su cuarto. Alegre recitó a media voz trozos de la esquela de amor que le había enviado su distinguido y elegante admirador:

<<Yolanda: Ojalá que estas notas le digan ese “te amo” que yo deseo repetirle siempre…>> ―y terminó diciendo―: <<Es mi corazón hecho un vals>>.

Sabía de memoria su primera carta de amor. Sonreía repitiéndola a solas.

Betty, su amiga íntima, que como ella frisaba en los diecisiete años, llegó en ese momento. Yolanda, al verla se acordó que tenía unos dulces que le gustaban a su compañera, y sin decirle nada, le dio la caja para que tomara los que quisiera.

¿Qué es esto? ―le preguntó Betty.

¡Es mi corazón hecho un vals! ―contestó Yolanda precipitadamente.

A Betty le sorprendió la respuesta. Yolanda rió por la equivocación. No necesitaba aclaraciones; la sorpresa, el rubor que coloreó sus mejillas y la risa suelta, demostraron que tenía una dulce obsesión.

 


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